Relatos

El Mirador

Era nuestro primer verano juntos, nuestra oportunidad de generar recuerdos lejos de nuestra pequeña burbuja donde nos conocimos, y de donde rara vez salíamos; y para ser sincero, no pudo haber comenzado mejor.

Sin saber muy bien cómo, llegamos a un mirador de la isla gracias a la sugerencia y amabilidad de unos paisanos, que incluso se ofrecieron a acercarnos en su coche. El trayecto duró como 15 minutos, los cuales se empezaron a hacer algo largos entre pregunta y pregunta, pero una vez llegamos, supimos que tal interrogatorio había merecido la pena, y para nuestra suerte, el mirador estaba enterito para nosotros dos solos.

Al cobijo de la sombra del único pino que había, disfrutamos durante unos minutos de las vistas, de nuestra soledad, y del silencio, que únicamente se veía interrumpido por el apacible sonido de la brisa y de las olas rompiendo a 150 metros bajo nuestros pies. Me alejé unos metros para inmortalizarla desde atrás. Estaba preciosa, sencilla pero muy elegante, y ese, era sin duda mi vestido predilecto; tan simple como corto; dos solitarios tirantes unidos a una tela de un precioso amarillo mantequilla con un estampado de flores blancas, que además, le hacía un escote digno de la alfombra roja.

Le admiraba desde atrás mientras el vestido y su cabello se movían al unísono con el viento, y os juro, que hasta la fecha no había visto nada tan jodidamente sexy como ella ese momento. Se giró buscándome, y en ese instante di por finalizada la improvisada sesión de fotos.

Miré a mi alrededor para cerciorarme de que seguíamos estando solos, y me acerqué a ella por detrás; lo hice sigilosamente, con la misma sutileza que un pintor desliza su pincel sobre el lienzo, deslizando mi pincel sobre su lienzo. Metí mi móvil en su bolso y le pedí que lo dejase en el suelo. Ella se giró, me miró, y mi sonrisa junto a la erección que estaba rozando su culo fue la señal que confirmaba mis más perversas intenciones.

Dejó el bolso en el suelo lentamente, manteniendo el contacto visual en todo momento, y se levantó con el propósito de besarme, pero la detuve, y la puse de cara a la barandilla del mirador. La agarré por la cintura desde detrás, aparté su cabello del cuello, y comencé a besarla y morderla con el mismo deseo y delicadeza con el que te comes un cono de helado en pleno verano antes de que comience a derretirse; suavemente, disfrutando cada lametón y cada mordisco. Con mi mano derecha, comencé a bajar por su cadera hasta bordear su entrepierna por delante, acariciando sus muslos y agarrándolos con firmeza y autoridad a la vez que mordía su cuello, y con la mano izquierda, masajeaba en círculos sus pechos, dedicando algo de tiempo a jugar con sus firmes pezones.

No tardó en querer darse la vuelta. Sus gemidos y su respiración entrecortada eran la antesala de una pequeña rebelión. Intentó girarse con la finalidad de tomar el control, lo cuál impedí agarrándola por ambos brazos y devolviéndola a su anterior posición contra la barandilla. Ella me pidió que la dejase darse la vuelta, lo cuál ignoré por completo, y ante la falta de respuesta por mi parte, intentó girarse de nuevo con idéntico resultado, lo que me llevó a tomar medidas más drásticas para evitar futuros alzamientos. Era mi momento; y ella, puntualmente, mi juguete.

Le ordené que pusiese ambas manos sobre la barandilla, pero se negaba a dejar de frotar mi pene a través del pantalón, estaba en modo rebelde sin causa, y tuve que hacerlo por la fuerza. La agarré con firmeza de ambos brazos, sujetándolos a su espalda mientras con la otra mano me quitaba el cinturón, y entre débiles intentos por liberarse, vi como sus labios dibujaban una sonrisa que delataba su deseo de que lo utilizase.

Junté sus manos sobre la barandilla y las até a ésta con mi cinturón, poniendo así fin a cualquier intento de sublevación. Con su capacidad de movimiento limitada, atada al pasamanos, ya podía prestar atención a lo que tanto morbo y placer nos estaba dando, y continué jugando en su monte de venus mientras con mi boca retomaba su cuello.

Mi mano, pasando por la cara interna de sus muslos, calientes como el capot de un coche al sol en verano, cada vez se aventuraba más arriba, sintiendo su impaciencia por que mis dedos llegasen a su destino. Los deslizaba sobre su ropa interior, de atrás hacia delante, e índice y corazón fueron los primeros en aventurarse bajo su húmeda lencería. Estaba completamente empapada, y tras introducir y mojar bien mis dedos en su flujo, los acerqué a mi boca para saborearlo, y acto seguido repetí la misma acción para poder compartir con ella semejante manjar nacido de su entrepierna.

Comencé a jugar con su clítoris, y las súplicas porque se la metiese dentro cada vez sucedían más rápido; pero para ser sinceros, por mucho que me excitase jugar con el control de su placer, estaba tan caliente como ella, y no tarde mucho en darle lo que me estaba pidiendo.

Por un momento se nos olvidó dónde estábamos, y nos dejamos llevar como si estuviésemos en la intimidad de nuestra casa. La incliné hacia delante, levanté su falda, y tiré con fuerza de su tanga hasta los tobillos; y ahí estaba yo, agachado frente a la fuente de mi deseo, con una mano en cada nalga, asegurándome de que había espacio suficiente para que mi lengua pudiese recorrer ese delicioso desfiladero.

Los tambaleos se sucedían, y sentía sus piernas cada vez más inestables, señales inequívocas de que todo iba bien, y que era el momento de pasar al siguiente nivel. Me levanté, me incliné sobre ella para susurrarla en el oído las ganas que tenía de follármela, agarré su melena con mi mano derecha, mientras con la otra sacaba mi pene para jugar brevemente con mi glande en la entrada de su templo, y sin más miramientos entré a matar. Empujé con la misma intensidad que el ciervo vencedor cubre a su harén durante la berrea, y la aguanté dentro unos segundos mientras escuchaba como suplicaba entre susurros que me la follase.

El morbo del momento era insuperable, habíamos hecho cosas en público con anterioridad, pero esa situación era difícilmente disimulable e imposible de camuflar, por lo que simplemente nos dejamos llevar, y dejé que la testosterona tomase el control de la máquina. Comencé a bombear a medio gas, pero ella, siempre impaciente, deseaba ser empalada contra esa barandilla, y lo deseaba ya; no tenía tiempo para juegos, y yo, sin más, le di lo que pedía. Con mi antebrazo rodeando su cuello y mi mano derecha que jamás soltó su melena, me empleé a fondo embistiendo contra su culo como si quisiese romper esa valla.

Ya no reinaba el silencio, las acometidas y los gemidos se mezclaban con el sonido de la brisa y el ruido de las olas, robándoles el protagonismo, y ahuyentando hasta el último pájaro del mirador. Los impactos de mi sexo contra el suyo sonaban rápidos y seguidos, como los aplausos de un público ferviente que aclama a su artista tras el espectáculo. Ambos estábamos sudando, con las pulsaciones por las nubes, disfrutando del polvo más morboso de nuestras vidas, y su respiración se empezaba a entrecortar. No paraba de gemir, me encantaba lo escandalosa que es, y podía notar que ella ya estaba cerca. Me pedía más, me pedía más fuerte, parecía como si de verdad quisiese despegar en una de las embestidas; y yo, decidido a que lo hiciese, puse ambas manos en sus caderas, y por lo más sagrado que choqué contra ese culo con la misma fuerza que un martillo pilón forja el acero incandescente.

Tardé un par de minutos en comenzar a notar los espasmos en sus piernas, y os juro que hubiese pagado por ver la expresión de su cara mientras se corría y seguía follándomela atada a aquella barandilla. Sin piedad alguna, y a pesar de tambaleo de sus extremidades, seguí empujando hasta que sentí que ya me llegaba, que venía ese escalofrío que nos recorre todo el cuerpo segundos antes de localizarse en los testículos para empujar con fuerza el semen. Ambos habíamos llegado, y un gemido muy primitivo salió por mi al correrme, básico, casi irracional, e inmediatamente después me separé de ella. Estaba exhausto, y en el momento que nos desenganchamos, no pudo mantenerse en pié, y se desvaneció. Sus piernas le fallaron, y simplemente se dejó caer buscando el descanso, dando paso a la que sería la foto de las vacaciones.

No dejó de clavarme la mirada ni un solo segundo mientras me acercaba a por el móvil en su bolso; tampoco articuló palabra alguna, simplemente estaba ahí, inmóvil, patidifusa, tratando de recuperar el aliento. Ese, sin duda, fue el momento por excelencia de aquel verano; ella, derrotada junto a aquella valla, recién follada y atada por mi cinturón a la barandilla del mirador.

Puntuación: 5 de 5.